Yo sí. A carcajadas…
Han amasado fortunas tan enormes que uno solo de ellos podría acabar con todo el hambre en el mundo. Evitaría que pereciesen cientos de millones de personas en las hambrunas que ellos mismos provocan cuando deciden que quieren ganar más dinero.
Un día, hace un tiempo, varios de ellos se reunieron a cenar. Y apostaron. Apostaron a que eran capaces de hacer creer al mundo que lo iban a perder todo y que, al perderlo ellos, el mundo se iría al garete.
Uno de ellos, algo “etilizado”, en medio de grandes carcajadas dijo: “Consideráis que seremos capaces de hacer que el mundo nos pague sin rechistar otro tanto de lo que tenemos?
Un coro de voces respondió al unísono: ¡Por supuesto que sí!
Y, de esta manera, niños míos, de nuestros impuestos, de nuestros ahorros, hicieron que el poder político se bajase (una vez más) los pantalones en estas nuestras democracias formales (que no reales) y que, nosotros mismos, almas cándidas cuyas cortas entendederas, convenientemente bombardeadas con situaciones infernales de futuro, nos alegrásemos de que, finalmente, ganaran su apuesta.
En la próxima cena, de nuevo rodeados de insanos lujos y considerándose, con razón, los dioses reencarnados, volverán a apostar contra el resto de los seres humanos. Y nosotros se lo permitiremos porque no somos mas que lo que somos.
¡Ojalá se nos indigeste a todos!
Un abrazo fraternal.